
Espero que tod@s los que leéis este blog estéis tan
sobrecogid@s con las noticias de estos días como yo... Espero que así sea, me
aferro a la idea de que los seres humanos seguimos teniendo intacta la
capacidad de empatizar, de reflexionar, de reaccionar. Sé que es nuestra
obligación moral mantener la esperanza, la fe y el mirar hacia adelante porque
la vida sigue, pero me gustaría compartir con vosotr@s un mea culpa previo, que sirva de punto de partida hacia un futuro
mejor.
A lo largo de mi vida adulta he presenciado catástrofes
naturales en el mundo, que me han llenado los ojos de lágrimas al pensar en la
gente que perdieron con ellas a sus seres queridos, a sus pertenencias, a sus
techos en los que cobijarse. Cuando algo así ha ocurrido he tendido a ponerme
en la piel de personas concretas, imaginando siempre cómo me sentiría si
ocupara su lugar. Sientes dolor, muchísima pena, y un sentimiento de impotencia
de no poder ayudar a esas personas evitando que sufran todo eso. Indonesia
en 2004, Nueva Orleans en 2005, Haití en
2010, Nueva Zelanda en 2011 son sólo algunos de los escenarios más recientes
que me vienen a la cabeza. Y ahora, Japón. Pero Japón no es sólo una catástrofe natural. Desde
hace días siento indignación, rabia, mucha rabia. Porque a la catástrofe
natural debemos sumarle la gran catástrofe que conlleva la estupidez humana, en
este caso en forma de energía nuclear. Y Libia, gran ejemplo de la inhumanidad
del ser humano. Y la impasibilidad de los organismos mundiales ante esa gran
matanza. Y la estupidez humana que ha llevado a miles de familias de todo el
mundo a una situación de pobreza extrema al perder sus trabajos, porque el
sistema que otros dirigen y disfrutan ha entrado en crisis.
El mundo no está hecho para el hombre, no lo
merecemos. No podemos culpar a los gobiernos y quedarnos al margen, todo es
culpa de TODOS. ¿Qué sociedad hemos creado durante décadas? ¿Qué valores guían
al ser humano? ¿Cuán grande es la imbecilidad humana? Para responder y
encontrar respuestas debemos empezar cada uno por nosotr@s mism@s. No nos
quedemos apáticos e inexpresivos ante todo lo que ocurre, porque de todo lo que
hagamos, digamos o callemos dependen muchas cosas. Depende que los gobiernos
planteen un cierre de las nucleares si la sociedad se une en su condena,
depende que los gobernantes democráticos que hemos elegido no tengan el descaro de sentarse en sus despachos junto a dictadores que siguen oprimiendo a sus pueblos, depende que los países creen
sistemas justos y éticos para sus habitantes.

Sé que muchas son las
iniciativas en apoyo al pueblo japonés, desde donaciones a momentos de silencio en los blogs, desde el apoyo simbólico a través de grullas de origami hasta la
colaboración de artistas que destinan el 100% de los beneficios de la venta de
sus obras a la reconstrucción de Japón. Me uno a todas ellas, todas elogiables,
y propongo una muy personal...

Junto a un grupo de lectoras-amigas surgió
durante estos días, en una conversación, el recuerdo de los “cascos
antiabducciones” que en la película Señales (de M. Night Shyamalan, protagonizada
por Mel Gibson) se ponían los niños para evitar que los extraterrestres les “chuparan”
el cerebro. Suena cómico, ¿verdad? En realidad, la idea de estos cascos no es
invención del guionista, sino que existe en forma de teoría dentro del mundo de
los forofos de la cultura paranormal. Sostienen, en un extremo grado de
paranoia conspiradora, que también sirven para escapar del control
gubernamental. Y todas estuvimos de acuerdo en que queríamos un casco que
salvara a tod@s de los efectos de la estupidez humana...y de paso se
convirtiera en un símbolo de apoyo, solidaridad y hermanamiento con todos esos
miles de personas que tanto sufren en estos días.

Aquí está mi casco, y como
Paula, Vero, Alita y much@s otros, ya es mi foto de perfil en Facebook. Ojalá
llenemos los muros con cascos antiabducciones...significará que entonamos a la
vez un mea culpa y un compromiso
social hacia el futuro.
¿Te apuntas?